Subir una montaña

El pasado domingo visité tras casi 3 años en este impresionante país el que tal vez sea el más emblemático volcán de cuantos rodean a Quito: el Cotopaxi, hasta hace poco considerado el volcán activo más alto del mundo.

Al ecuatoriano serrano no lo puedes comprender sin aceptar lo profundamente arraigado que está en la forma de ver la vida el respeto y la convivencia con sus montañas y volcanes. En este sentido quedas siempre maravillado con la delicadeza, el respeto y el amor con el que mi buen amigo Iván Vallejo habla de la montaña. La describe como se describen a los seres vivos que ves por primera vez, a los que quieres acariciar y demostrar afecto, pero que a su vez te imponen tanto que sabes que has de acercarte despacio para no molestar con tu insignificante presencia.

 

Cuando poco después de las 14h nos disponíamos a subir un pequeño tramo hasta el primero de los refugios del Cotopaxi, empecé a vivir lo que tantas veces narra Iván, esa dificultad de cada paso. Es una sensación muy difícil de explicar si nunca has estado a cerca de 5.000 metros de altura (aproximadamente la mitad del record de Iván!!), pero cada paso era un reto y avanzar con el objetivo de llegar al refugio desalentador. Por cierto no estoy en mi mejor estado físico ni de lejos, pero ese no es el tema… Lo cierto es que con esa falta de oxígeno regando mi cabeza y en medio de ese esfuerzo se me cruzaron muchas ideas locas, que me propuse resumir en este artículo tan sólo si alcanzaba el refugio.

A veces me preguntan cómo se hace para llevar una vida como esta, llena de retos y complicaciones. Emprender no es fácil. Basta de esa pantomima de que todos pueden y deben ser emprendedores o empresarios (emprendedores sin glamour). Es cierto que todos debemos empoderarnos de nuestras vidas, pero estoy algo cansado de escuchar ese discursito facilón de que todos han de emprender para que al final fracasando y poniendo nuestro dinero en manos de socios convenidos, que no convenientes, o invirtiendo nuestro patrimonio en la apuesta del azar por el mero hecho de que hay que emprender, terminamos tropezando, perdiendo y claro, aprendiendo. Como leí hace poco en un tuit de @Yoriento, fracasar no te enseña a hacerlo bien, sólo a no hacer lo mismo. Y muchos euros se están tirando a la basura por la falacia de que emprender un proyecto empresarial es fácil. Pero ese es otro tema para otro día.

Volviendo a los pensamientos en medio del agotador ascenso, pensaba que en realidad, lo que me ha trajo hasta aquí es sólo eso, seguir dando pasos por muy difícil que se pusieran las cosas. En el fondo, dentro de mi, siempre sé que llegaré. A veces los pasos son más cortos, otras más largos; unas veces rápidos, otras muy despacito, bien porque el terreno es menos estable, bien por que no encuentras las fuerzas para avanzar más rápido; unas veces tendrás que hacer una pausa para tomar aire durante más tiempo, otras sólo para disfrutar de lo que llevas recorrido. La actitud ante las dificultades sí es un diferencial. Empoderarte de ti mismo. Responsabilizarte de tu vida y de la de los que dependen de ti en los distintos momentos del trayecto. Saber que sólo tú puedes llevarte a donde quieras llegar y la convicción que tengas en tus propias facultades marca el llegar o no. Y no es ganar o perder. Todos son caminos. El que hace ya muchos años elegí no era el más fácil, pero confieso que me aburro con facilidad y los retos me encantan. Algunos sabéis que me ha tocado ganar y me ha tocado perder. ¡Y cuando he perdido he perdido pero bien! Pero aquí estoy, en el refugio 1, a 4.864 metros de los 5.897 metros que tiene el Coto, con la sensación de que por muy cuesta arriba que se me pongan las cosas, siempre tender las fuerzas y la determinación de llegar hasta donde me proponga. ¡Pero la cumbre, mejor otro día! 

“- ¿Por qué siempre me ganas? ¡Yo soy mejor que tú!, ¿Cómo lo consigues?

– ¿Quieres saber cómo lo consigo? ¿Realmente lo quieres saber? 
Así lo consigo: Nunca me reservo para la vuelta.”

Gattaca

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